El nombre, el síntoma, el entre-dos y el tiempo

¿Dónde está el nombre?

¿Qué hay en un nombre?, le pregunta Julieta a Romeo, en aquel diálogo desesperado : Niega a tu padre o, si no lo haces, sé sólo mi amor jurado y yo no seré una Capuleto. Pero no basta el amor para nombrar, uno no puede llamarse amor. Romeo le contesta: ¿En qué parte de mi anatomía se encuentra mi nombre? Porque quiere destrozarlo. Así, ella pregunta qué hay en un nombre y él, dónde está el nombre en el cuerpo. En Con Shakespeare (ensayo en el que comento doce tragedias) muestro que el mismo nombre tiene un cuerpo que envuelve el propio cuerpo; que el nombre opera en nuestro entre-dos-cuerpos, que evoluciona entre cuerpo mental y cuerpo carnal, intrincados ambos; que en dicha intrincación forcejea el nombre con una escritura que refleja la historia del sujeto y su relación con lo posible. (El amor, por otro lado, se sostiene en el entre-dos-sexual, una noción que, como lo he mostrado, permite superar la diferencia binaria). El deseo de los dos amantes de llamarse sólo amor se ve frustrado por el tercero, por los otros, que recuerdan los cuerpos por su nombre e impiden, literalmente, que éstos se escriban: por causa de la pandemia, la carta no puede salir de la ciudad confinada. Sin embargo, por amor, cada uno había hecho el trabajo de apartarse de su nombre sin traicionarlo, de conservarlo sin pertenecerle; es una hazaña. Pero su problema de nombre, es decir de identidad, se resuelve fatalmente en un bloqueo de la carta, de su letra. La clínica está llena de estos bloqueos en los que debemos descifrar qué nombra el síntoma, y remontarnos hasta las fibras del nombre propio.

El aspecto “entre-dos” del nombre se ve reforzado porque éste proviene del entre-dos- cuerpos parental; el padre pone allí el cuerpo de su nombre y la madre, el nombre de su cuerpo. El nombre del niño lo dan ambos, si lo da uno solo, es señal de una tensión identitaria cuando no de una relación de poder.

Por su función de entre-dos, el nombre representa el cuerpo físico para el cuerpo mental, y el cuerpo mental para el físico; representa o presenta, firma la presencia del uno para el otro, es la firma de esta presencia del uno para el otro. El nombre es un operador del entre-dos-cuerpos; esto coincide en parte con los comentarios de Freud y Lacan sobre su forclusión, aunque ésta se refiere a una huella que puede, o no, inscribirse; se trata, por lo tanto, de un caso particular, un caso limite en un trabajo más amplio de este operador, trabajo de inscripción que funciona más o menos bien, en diversos grados patológicos. El nombre, como operador, está rodeado por una constelación relacionada con el gesto de llamar. Su “atrincheramiento” o forclusión, rara vez total, sólo es un caso particular.

El sujeto evoluciona entre el cansancio de su nombre y la apertura a otros nombres, entre la identidad que se repite y otros llamados, más creativos; pasando por tiempos muertos, por lo sin nombre, por el silencio o por llamados que lo confrontan con lo innombrable. El sujeto evoluciona entre la invariancia del nombre y la variabilidad del llamado.

El psicoanálisis repara los nombres y sus heridas, trabajando el entre-dos-cuerpos con palabras, es decir significantes, significados, referentes; palabras que surten un efecto simbólico cuando están ancladas en el ser. Esto implica, para mover el síntoma, hablarle en dos lenguas, en la suya propia y en otra; este entre-dos-lenguas contiene lo equívoco, otro caso particular, que para algunos ocupa todo el espacio.

De hecho, el nombre como símbolo es un doble llamado: para llamar al sujeto que lo lleva y para llamar a él fuerzas de ser en devenir.

El mal-nombrar

El síntoma es un nombre de emergencia para ligar lo innombrable. En el síntoma que recoge de sus padres, el sujeto también lo fabrica por cuenta suya. Por ejemplo, la histeria –como vacilación, para una mujer, entre ella y la otra mujer, en otras palabras, como captura en el entre-dos-mujeres– es un nombre de emergencia en la historia del devenir mujer, una emergencia que puede durar. Un síntoma compulsivo también es el nombre de un deseo imposible. Son nombres que cojean entre lo mental y lo físico. Cualquier síntoma mal nombra aquello de lo que habla, por ello acaso duele. Puede ser subjetivo o colectivo; hay pueblos y grupos que no oyen el síntoma que les nombra. Por lo demás, el mismo nombre puede ser un síntoma entre carne y palabra.

Quienes quisieron un perfecto y total ajuste entre el nombre y el cuerpo fueron los nazis. Encerraron en el nombre “judío” todos los cuerpos que responden por éste. Su proyecto de exterminio quiso reunir todos los cuerpos que corresponden a este nombre; les hizo falta aquel asesinato delnombre, aquel llamado al último cuerpo vivo, para garantizar su nombre y su identidad.

El nombre nos inscribe en el tiempo, ya que es a la vez un llamado y un recordatorio, es decir una pulsación mínima de la memoria; pero el síntoma, por su parte, es un llamado inapelable, un recordatorio continuo, silencioso, que ya no se oye, y que requiere otra escucha. El síntoma atañe al mal-nombrar, ya que no puede nombrar el mal.

Veámoslo en síntomas colectivos; por ejemplo, mal se nombra la igualdad cuando implica prohibirse la diferencia (como fue el caso al comienzo del Covid, véase mi último libro La expiación en la pandemia, en el que mostré que en el Occidente cristiano, durante todo este período, muy al principio, el síntoma fue nombrar igualdad al miedo de distinguir, de señalar la diferencia entre los infectados y los otros; porque evoca la discriminación, y he aquí que ésta retorna con fuerza). Otro ejemplo, el termino “guerra contra el terrorismo” mal nombra la guerra contra el Islam radical para evitar nombrar al  otro, a riesgo de ponerlo en lo innombrable. En ambos casos, el síntoma es el  sentimiento de culpa narcisista, que vincula a la neurosis con la perversión. En otro campo, el del psicoanálisis, puede mostrarse que el término “discurso psicoanalítico” refleja el mal nombrar del síntoma. En efecto, confunde el discurso del psicoanálisis (¿tendrá uno?) y el discurso que se sostiene sobre él, que no es psicoanalítico, que lo sería si fuera una ciencia, lo cual resulta dudoso. El único que sostuvo esta noción de “discurso psicoanalítico” fue Lacan, quien lo hizo suyo, en tanto paciente ante su audiencia. Esta postura singular, quizás única, solo podía sostenerse mediante la transferencia masiva de la masa de oyentes, a menudo pacientes. Ahora   bien, dar un nombre universal a un hecho singular es convertirlo en síntoma que se transmite. Y se entenderá que lo que se da por discurso psicoanalítico suele ser una clonación del síntoma de Lacan, quien teorizó sugiriendo, o dejando suponer que su discurso era el del inconsciente. Mal nombrar es renombrar con una denegación implícita. Aquí, se deniega que se trata del discurso de Lacan por su propia cuenta, para sí mismo; y el saberlo, les ahorraría a algunos entrar en este síntoma creyendo que entran en la ciencia, el saber o la verdad.

Mover el síntoma es interpretar aquello que lo porta, es remodelar de otra manera lo que reúne, reinterpretarlo como cuerpo, en el entre-dos-cuerpos. Cambiar de nombre también es esto, y siempre hay amor que está en juego. El espíritu totalitario es bloquear el entre-dos, entre el nombre y el cuerpo, y así evitar el cambio de identidad, el cambio intrínseco a la identidad.  

Por tanto, el nombre no es sólo una huella que puede reprimirse o ponerse fuera de juego (forcluida), es un intermediario entre dos cuerpos; también lo es el síntoma. Mientras permanezcan en este entre-dos, hay juego y tiempo posible, o lo que llamo posibilidad del otro tiempo: el del acontecimiento o de la creación antes que de lo repetitivo o de la misma duración.

Existe el riesgo de quedar encerrado en un nombre; de este riesgo los nazis hicieron una certeza implacable. Los jóvenes amantes, ellos, quisieron sortearlo, pero como lo hemos visto, tropiezan con la identidad colectiva por el confinamiento y el síntoma de la ciudad impide el paso de la carta y la letra.

En el libro En busca del otro tiempo, estudié la relación del síntoma con el tiempo. Porque el fundamento del tiempo es el entre-dos, incluidos los pasajes entre lo consciente y lo inconsciente. El síntoma es una duda sobre el paso del tiempo, y es tiempo almacenado en espera de que uno lo tome, el tiempo como relación con lo posible, y por tanto relación con el ser y, por ello mismo, con el azar que, incluso frenado por cálculos y limitado por contextos, siempre tiene una cara que se presenta como absoluto, como figura de lo infinito y lo desconocido, que nos atrae por la esperanza de lo nuevo.

Daniel Sibony danielsibony1@gmail.com