Atrapar el nombre propio en la adolescencia

Los niños llevan el nombre que se les da al nacer, lo llevan a veces como un maniquí lleva ropa prestada, como marionetas vestidas con prendas que les quedan demasiado grandes o pequeñas, en función el lugar designado por los padres y la sociedad. Ese lugar al que deberían permanecer adscritos para ser amados, aceptados, y apoyados. Poco a poco consiguen adaptar este traje a sus cuerpos únicos mediante un constante ir y venir entre la objetivación y la subjetivación, para arrancar determinadas cadenas y existir como sujetos autónomos. A menudo ocurre que el nombre, esta preciosa prenda tejida en el lenguaje, esa especie de vestimenta que protege y abriga nuestra humanidad, es demasiado estrecho y parece más bien una camisa de fuerza que impedirá una nueva creación, una metamorfosis que conduzca a una escritura singular, inédita, esta vez la del sujeto. El apellido familiar siempre es el mismo a lo largo de las generaciones. Es la firma la que cambia con los sujetos que lo llevan, si se atreven a hacerlo mediante sus propios actos, mediante sus propias acciones, mediante sus propias luchas, cuando se apropian del nombre que llevan y e dan vida de una forma distinta. Para este ffn, el nombre debe ponerse en circulación y no ser requisado por la generación anterior, es preciso garantizar su fluidez para que el niño pueda atraparlo en el momento de la adolescencia. Este delicado proceso de apropiación del nombre debe comenzar en la primera infancia, desde el primer día, y no puede hacerse de golpe. El nombre es como una red que hay que tejer para no caer en el vacío, en ausencia de un apoyo del otro.

De este modo, un niño conseguirá tomar su nombre cuando se le permita actuar sin plegarse incondicionalmente a los rígidos mandatos del Otro familiar y social. Tarde o temprano, los niños que son cosificados sin perdón ni piedad acabarán desarrollando síntomas incapacitantes, o se decantarán hacia un negativismo que utilizarán como baluarte contra la alienación, pero que también les impedirá tomar su nombre.

¿Acaso no es el síntoma nuestro primer medio nombre, el resultado de nuestra primera tentativa de separarnos del magma del Otro, nuestro primer intento de existencia como sujetos por siempre divididos y siempre recordado por esta primera fusión tentadora? El humano permanecerá definitivamente desgarrado entre el apego indisoluble al Otro parental cuyo amor, por un lado, le es vital, a las palabras y significados que le preceden y acogen, y por otro lado a su propia palabra venidera, totalmente fresca, totalmente nueva, única. La contradicción del ser humano alberga su felicidad y su maldición. Es esta contradicción la que le hará correr de un extremo a otro durante toda su vida, en un intento de fusionar las dos caras de su identidad nunca existente en su totalidad. 

El motor, el torniquete, la hélice que proporciona energía para continuar esta caza -la persecución de un objetivo que se escapa en cuanto nos acercamos a él- es el fantasma inconsciente, un descubrimiento freudiano insustituible que nos guía en nuestro día a día. En el fantasma «pegan a un niño» los golpes del padre son castrantes porque feminizan, pasivan y al mismo tiempo también son eróticos, van acompañados de una erección, de la irrupción del deseo del sujeto y de este padre se convierte en el agente de la excitación. Se mata simbólicamente al padre para evitar que se convierta en la causa de un deseo incestuoso. Es en este punto donde el fantasma del parricidio encuentra su clímax. 

La apropiación del nombre es una lucha adolescente, una apropiación que permitirá al sujeto crear su propio goce, su espacio de aliento, su espacio vital, el punto de partida para abandonar el territorio de los padres y su territorio, su casa, su base de operaciones. 

La adolescencia es un espacio que se halla entre dos gozos: los gozos parentales y familiares y los gozos del sujeto que alcanza la mayoría de edad. El adolescente practica la captura de su nombre, lo domestica para poder transmitirlo al público en un vínculo social, que le reconocerá como actor, gracias a su valentía al dar este trascendental paso.  

El nombre, que es transgeneracional, no es propiedad exclusiva como concepto de instrumento de opresión y poder de ninguno de sus portadores. Su función es ser transmitido, lo que sucede si su portador lo acepta como un lugar que establece vínculo entre generaciones. Pese a que su firma es singular, el nombre inmutable circula de generación en generación. Además, la ley garantiza la no permutabilidad del nombre y sólo la autoriza en casos excepcionales.   En lugar de llevar este nombre a lo largo del tiempo, hay que saber entregárselo a los vienen detrás y permitirles que lo tomen. A veces uno de sus portadores se apropia del nombre, usurpando su función. 

Así, un padre que siempre ha sido primero hijo puede llevar este nombre cuando se convierte a su vez en padre. en lo que es más una especie de identificación con el agresor que una toma del nombre tras un parricidio simbólico.

Esto es lo que le ocurre a este joven frágil y sombrío -como un Hamlet contemporáneo- que me visita porque «no consigue nada». «He dejado la escuela porque pensaba que los profesores eran estúpidos, no sé qué voy a hacer ahora… Nada me sale bien», confiesa, casi con orgullo. Afirma que tiene problemas con una chica que está enamorada de él y con la que podría salir si quisiera, pero que no le interesa tener obligaciones. Dice que ella ha llegado a amenazar con suicidarse, y que él que ya no soporta más este «circo». La humilla, le impone su ley, la deja a cada rato, la hace sentir culpable, sólo para volver a ella de vez en cuando «sólo para complacerla», dice.

«¿Dónde has visto a alguien a quien traten de la forma que tú tratas a tu Ofelia?”, le pregunté, «Es increíble que la hagas llorar hasta este punto». Luego me dijo que no sabía cómo hacerlo, que quería sacudirla, que ella no entendía nada, que no le obedecía, que no escuchaba lo que él pretendía enseñarle para que fuera un poco más inteligente. Sus arrogantes afirmaciones me hacen reaccionar de nuevo:

«¿Acaso tú,obedeces de esta manera cuando te dan órdenes?»  

«Pues sí, a mi padre, es muy estricto pero muy justo, cuando me dice que soy un fracasado lo hace por mi bien». 

«¿Por tu propio bien? El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones», le digo, «y lo sabes». 

Comprendo que agrede, desprecia y maltrata a la joven del mismo modo que es implacablemente maltratado psicológicamente por su propio padre. En vez de asumir su parte femenina, se proyecta en esta chica mediante una identificación con el agresor, una identificación con lo que debe ser un hombre, un hombre fuerte. La chica, como tantas otras mujeres, tiene que cargar con la castración por partida doble. Probablemente, el joven es como su padre, incapaz de reconocer en sí mismo esa parte de bisexualidad psíquica de la que habla Freud en los Tres ensayos de teoría sexual, pues si reconociera su lado femenino se arriesgaría a convertirse en la esposa del padre, a descubrir el deseo incestuoso apenas oculto de su padre hacia él y también el suyo propio. El deseo del padre, en su sentido genitivo, debe entenderse en ambas direcciones, del hijo al padre, pero también del padre al hijo. Pero el significado, el no a la prohibición del incesto, debe proceder del adulto, es el adulto quien debe decir no y abstenerse de tomar a su hijo por esposa. Para el niño, el fantasma incestuoso es un constructor si no se realiza; el niño no está en una posición simétrica con el adulto.

«Mi padre y yo estamos muy unidos, nos intercambiamos la ropa, incluso los calzoncillos», dice. «¡Mi padre me quiere mucho, me lo daría todo! Pero a veces este amor que siente por mí me molesta. Cuando fuimos a comprar su cama, porque siempre me pide que le acompañe cuando va de compras ya que mi madre no sirve para nada, eligió un modelo con estampados de color rosa y el vendedor pensó que éramos una pareja gay».

Sabemos que la problemática de lo que se denomina «el complejo de castración» representa el corazón de nuestra relación con la realidad, que, en el caso del neurótico, pasa por el prisma del fantasma inconsciente. Este fantasma es ante todo el de «pegan a un niño»,  que Freud identificó en su trabajo clínico. El resto de los fantasmas, el de la seducción y el del parricidio, surgen todos de este primer fantasma, que supone la entrada en la subjetividad y firma el inicio de la vida psíquica de todo ser humano. En el psicótico, el fantasma no puede actuar porque la realidad le es inaccesible; está proscrita ante la angustia del incesto con el padre. Mientras que el neurótico temerá por su propia castración, el psicótico no llegará a alcanzar esta perspectiva.

En la neurosis, el fantasma llega a su secuencia final, el parricidio simbólico que protege del incesto podrá consumarse, y asegurará la toma del nombre de una forma más o menos estable. En ciertas psicosis, este asesinato simbólico no podrá producirse debido a la presencia de una amenaza incestuosa excesivamente grande. Pommier señala que en este caso,la asunción del nombre supone más bien un matrimonio con el padre, convertirse en la esposa del padre, una unión incestuosa con el padre en vez de la posibilidad de una existencia propia. Recordemos los deseos de Schreiber, que decía que sería bonito ser una mujer que se apareara con Dios. Y del padre de Schreiber que se divinizó en su papel de educador, ejerciendo un dominio total sobre el cuerpo y el alma de su hijo

Por lo que respecta a mi joven paciente, aún no hay nada decidido, pese a que ciertos indicios apuntan a un combate largo y difícil. ¿Encontrará el valor de continuar su trabajo de análisis, de realizar actos en nombre de su propio deseo, actos libres de la angustia de la feminización, el coraje de decir «sí» a su propia existencia? Este chico se debatirá entre la actividad y la pasividad, dos polos opuestos, en cuyo enfrentamiento la pasividad ya ha tomado una importante ventaja. Una vez cosificado, ¿osará a luchar por su liberación? La búsqueda de la libertad es uno de los combustibles más potentes de nuestra vida, está en el horizonte de nuestras acciones, y se agudiza especialmente durante la adolescencia. La presencia de un deseo de liberación del sometimiento  a aquello que le precede, a lo que le rodea, se afianza en el adolescente mediante la capacidad de reacción y la necesidad de una separación que le impulse hacia su presente, una apertura hacia su propio futuro, aligerado de un pasado que ya no es, el pasado de su infancia, plagado de dependencias objetivantes. 

Gorana Bulat-Manenti